Al desatar el pañuelo de los
recuerdos de gurí, vuelve como en sueños el miedo y admiración de aquel duende
criollo que vivía en el corazón del monte. Ese monte que conocía como a sus
manos, y en el que vivía una soledad feliz. Había encontrado en la lectura la
fuente profunda de sus conocimientos que cimentaban los decires de un hombre
sabio. De vez en cuando visitaba la escuela de Andrade para renovar su lectura
con los libros que intercambiaba con el maestro. En señal de respeto nunca
pisaba el umbral de la puerta de la casa que lo recibía. Un hombre con quien
daba gusto sostener una charla sobre los temas más diversos, aunque nunca lo
escuche hablar sobre política ni religión, lo que a mi ver lo hacía más sabio
aún. Juan Valiente, su nombre, que había sido reducido a Valiente y que, de
solo oírlo, nos hacía poner en una posición de respeto a los gurises. Había
nacido en Concepción del Uruguay y había llegado al pago como encargado de uno
de los campos de Salvador Biaggini, un conocido martillero de gran actividad en
nuestra zona, principalmente por los remates de ganado que se hacían en las
instalaciones “San Carlos”.
En nuestra mirada de gurises,
Valiente era capaz de realizar proezas extraordinarias como la de caminar por
los rieles de las vías a tranco firme y seguro, trasladando una bolsita con
huevos de gallina que llevaba a vender en Lucas González, o mejor dicho
canjearlos por alguna mercadería básica. Bombachas de griseta, alpargatas y su
pañuelo al cuello batarás y sin sombrero, su uniforme de salida.
En el monte era otra cosa, ahí si
era su mundo y lo manejaba a su antojo, capaz de aparecer y desaparecer de una
forma cuasi mágica. Más de una vez, cuando pescábamos alguna mojarra en un
rambloncito de su monte, se no apareció su figura por detrás de algún mogote, y
que quizás nos estaba observando desde hacía un rato. –Pescando la
muchachada…preguntaba, para arrancarnos un si tartamudeado…el más corajudo
preguntaba –como anda don Valiente? Y contestaba: “acá ando lagarteando” con un
bolsito de colgar de lona de arpillera, en el que llevaba alguna iguana y un
clavo de barrera en la mano al que le había atado una cinta roja para
encontrarlo entre los yuyos cuando fuera arrojado.
Un verano de sequía, con mi
hermano íbamos a sacar agua para unas vaquitas de nuestro padre, en un campo
lindero al monte de Valiente. Estábamos haciendo conversar la rondana del pozo,
cada vez más hondo por la bajante de la vertiente, de a dos baldes cada uno
para llenar la batea de chapa. Entusiasmados con nuestro trabajo, atendíamos el
brocal del pozo, cuando escuchamos una vos que decía: -Que bueno ver trabajar
así a dos hermanos que ayudan a su padre…, otra vez nos había sorprendido el
duende del monte. Él estaba allí recostado a un viejo ligustro detrás de una
sonrisa casi imperceptible. Iniciamos un dialogo sobre las cosas del campo y de
los montes; de los pájaros y los árboles nativos. Conversábamos mientras
seguíamos con nuestro trabajo. Cuando nos dimos cuenta, así como había llegado
se había ido, sin ruido y sin despedida y recuerdo que mi hermano dijo: no será
que no se fue…En un aire de misterio, terminamos nuestro trabajo y nos fuimos
despacio, casi sin ruido, algo más habíamos aprendido.
La vida, como siempre nos llevó
por otros caminos, y una vez en una de las vueltas al pago pregunté por nuestro
amigo. Nadie sabía nada sobre él, todo era un misterio más. Unos decían que
quizás había muerto, otros de que había vuelto a su pago viejo. Para mi
hermano, que siempre fue un sabio, Juan andaba en el monte como siempre
esperando en sorprender a algunos gurises que llegaran por algunas mojarras…










