domingo, 2 de agosto de 2020

Lucas González, en sus años mozos.

Lucas González, en sus años mozos.

Seis cuadras por lado formaban un cuadrado de treinta y seis manzanas, ese fue el génesis de lo que sería la Villa Lucas González. El tren ya había comenzado a funcionar en 1887, pero el plano proyectado por el Agrimensor Pablo Ávila, fue aprobado el 20 de abril de 1888, fecha que posteriormente se tomó como la fecha de la fundación. La sabia pluma de Ávila realizó un trazado de calles amplias, dónde dos bulevares lo dividían en cruz, formándose así cuatro cuadrados menores. Las cuatro manzanas centrales fueron destinadas para plazas. A los treinta años de vida pueblerina, dos de aquellas manzanas habían sido destinadas para canchas de fútbol, y las otras dos se habían convertido en espacios verdes, donde los animales sueltos hacían de las suyas, a pesar de que un precario alambrado las trataba de defender de los mancarrones hambrientos que pululaban por allí, a pesar de los esfuerzos del inspector municipal, que también a caballo, los correteaba del lugar.
En la práctica la plaza pública estaba reducida a un círculo de unos cuarenta metros de diámetro, haciendo centro en el cruce imaginario de los ejes de los bulevares. En éste lugar se construyó un palco circular de madera, dónde los domingos por la tarde se brindaba retreta popular a cargo de una banda a cargo de músicos aficionados, los que interpretaban antiguos valses y algunos fragmentos de óperas italianas. Hacia 1935, el presidente municipal Constantino Galizzi, mandó construir allí el mástil y el trazado de lo que conocemos como la Rotonda del Mástil. Ya en la década del 60´, fue el intendente José Carlos María Guaita, quien le dio el aspecto como hoy lo conocemos.
Retomando el relato sobre aquel trazado inicial, vamos a recordar que se había ocupado la zona norte de las vías y la estación. Lo que estaba perfectamente planificado se fue quedando en los papeles, porque el crecimiento poblacional se fue distribuyendo con la energía de lo nuevo, se fueron poblando las cercanías de las calles que nos unían con la zona rural, principalmente hacia el sur, es decir al otro lado de la vía.
En verdad la planificación inicial conservó el núcleo que se había planificado, fue así que la zona norte se ubicaron la iglesia católica, la escuela, la comisaría, el correo, el banco, el telégrafo, las principales casas de comercio y hasta el café y otras instituciones.
Gran cantidad de árboles plantados en las calles y las quintas, mostraban a los visitantes como entre las ondulaciones y los árboles florecían los nuevos caseríos. Por sobre esa masa verde se destacaban la chimenea del molino harinero y los campanarios del templo de la iglesia.
Las plazoletas internas de los bulevares, con plantaciones de paraísos y con un camino central hecho de piedra de arroyo, facilitaba el tránsito peatonal en los días de lluvia, no así cuando había que cruzar los lodazales que se producían en las calles. Cuando llegaban esos temporales que se mantenían varios días, durante semanas enteras se producían serios inconvenientes en cruzar o transitar esas calles, para el sacrificio de los caballos que tiraban los pesados carros, y con el peligro de algún traicionero resbalón peatonal.
La usina brindaba su servicio hasta la medianoche, por lo tanto a partir de esa hora todo entraba en un cono de oscuridad. El progreso había llegado a algunas esquinas, donde se habían instalado algunas pantallas de alumbrado público, dibujantes de sombras alucinantes y fantasmales en las noches de viento. Pero claro, a media noche había que salir corriendo como el personaje de la Cenicienta, o quedar en la completa oscuridad. La puñalada de luz de alguna linterna, indicaba el lugar por dónde volvía algún bebedor trasnochado.
Esa Villa de antaño, con todo lo que hoy podemos observar como carencias, tenía en el haber un impulso hacia el desarrollo, una notable cantidad de actividades productivas, la mano de obra ocupada en innumerables tareas, en contraposición a los problemas que hoy enfrenta nuestra fuerza laboral.

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