domingo, 2 de agosto de 2020

Tiempos de molinos rurales.

Tiempos de molinos rurales.

Cuando las colonias trigueras comenzaron a florecer por estos pagos, se vivían tiempos de
esperanza y se tejían sueños. La solidaridad entre los colonos tenía destacados actos de ayuda mutua. Desde el préstamo de máquinas y equipos entre vecinos, hasta el envío de todos los hijos en edad de trabajar, a ayudar en la trilla al vecino. Ese trabajo y esfuerzo compartido hizo que estos esforzados colonos comenzaran a crecer económicamente. A muchos, la situación les permitió adquirir nuevas tierras, pero a otros les hizo despertar los sueños de traer a esas colonias los desarrollos que se estaban logrando en los pueblos vecinos.
Lo molinos harineros que industrializaban el trigo que se producía en la comarca fueron
floreciendo. En Nogoyá hicieron lo propio los molinos “San Juan” de los Mihura, el de los
Quinodoz y el de los Rivara, En Lucas González el de Negri, mientras que la colonia “La Llave” se comenzaba a amasar la idea de contar con uno, instalado allí mismo. Don José Furno fue quien hizo posible esa idea, muy resuelto organizó un viaje, junto a uno de sus hijos, a Buenos Aires, llevaba consigo un envuelto en diarios, conteniendo la ropa para el viaje y un misterioso contenedor de yerba, que en ese tiempo estaba formado como una especie de tambor, con discos de madera en sus extremos y con una gruesa lona como de encerado en sus paredes. En este tipo de envases se vendía la yerba de cinco kilos por gruesa, como se le llamaba. Una vez llegado, se apersonó en una fábrica que producía y vendía molinos, haciéndole conocer a el vendedor cual era el motivo de su presencia. Uno de los empleados, un porteño sobrador, viendo la traza del cliente le preguntó: ¿Ustedes quieren uno para dos bolsas diarias?, no señor, le contestó don José, -¿Alguno para diez?, - no señor,  -¿alguno para veinte, treinta o cincuenta?.. -Sí, eso es lo que yo
quiero. –Bueno, vamos a esperar que venga su patrón para hacer el negocio…comentó el
empleado. ¡Que patrón ni que patrón, aquí el patrón soy yo!, fue la respuesta, y descociendo el tamborcito, lo volcó en el suelo diciendo: ¡Acá están los chicharrones y si falta, tengo más
chicharrones en mi casa!. Envueltos en un gran asombro vieron caer monedas y billetes de pesos fuertes. “Pero señor ¿cómo hace esto?, tráigalos a la caja fuerte, por favor”, y acomodándolos contaron diez mil pesos. Así fue como don José compró su molino, el que llegó a Lucas González en tren, en acondicionados bultos muy bien embalados, en cajones con fuerte sunchos. El traslado posterior hasta “La Llave” fue tarea de los carros, dónde posteriormente se instaló el legendario Molino de Furno. Simultáneamente, don José, compró una cancha de pelota vasca que había en el lugar para instalar una panadería. Cuando la estaba cerrando para hacer la cuadra y colocar allí todos los enseres, se cuenta que pasó un paisano comentando: -“Pero si será bruto este gringo, cerrar una cancha de paleta para poner una panadería… ¡pero si galleta hay en todos los bolichos!
(Rescatado de la tradición oral del pago)

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